{"id":21249,"date":"2020-11-04T11:50:16","date_gmt":"2020-11-04T14:50:16","guid":{"rendered":"http:\/\/dsrmedios.com.ar\/diario\/?p=21249"},"modified":"2020-11-04T11:50:18","modified_gmt":"2020-11-04T14:50:18","slug":"la-patada","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/dsrmedios.com.ar\/diario\/archivos\/21249","title":{"rendered":"La patada&#8230;"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>El escritor carhuense Nicol\u00e1s Marino public\u00f3 en su portal www.elsoplon.com.ar, el cuento de su autor\u00eda que da cuenta de una an\u00e9cdota graciosa que refleja las caracter\u00edsticas de la convivencia en las primeras d\u00e9cadas del siglo pasado. <\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><br> \u201cCerr\u00e1 los ojos, que vas a despertar a tus hermanas\u201d, le dijo Jos\u00e9 a la menor de sus hijas. La frase, que para el hombre se hab\u00eda convertido en una muletilla, tan recurrente como los desvelos de la peque\u00f1a, era tomada por Susanita como una advertencia seria. Obrando en consecuencia, cerraba con fuerza sus ojos grises, due\u00f1os de una mirada intensa que contrastaba con el tono dulce de su voz de infante. A esa edad, \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda ser tan importante como para robarle el sue\u00f1o? Para Jos\u00e9, los desvelos de su hija eran un verdadero misterio.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras avanzaba por el pasillo, ensay\u00f3 la reprimenda que le dedicar\u00eda a Pepe cuando lo encontrara \u2014estaba seguro de que as\u00ed ser\u00eda\u2014 saltando sobre la cama de su hermano, haci\u00e9ndole cosquillas o asust\u00e1ndolo con alguna de esas historias que sol\u00eda contarle por el simple placer de mantenerlo despierto. Las sombras que proyectaba la luz del farol que llevaba en su mano izquierda eran infinitamente m\u00e1s tenebrosas que la \u201cllorona\u201d, \u201cel caballo sin ojos\u201d o cualquier personaje imaginario, pero la costumbre hab\u00eda neutralizado su efecto y los ni\u00f1os las asociaban a un peligro m\u00e1s concreto: el ingreso inminente de su padre. Detenido en el vano de la puerta, Jos\u00e9 se sorprendi\u00f3 al descubrir que el peque\u00f1o Oscar dorm\u00eda, y no porque Pepe hubiera tenido la deferencia de dejarlo dormir, sino porque \u00e9l tambi\u00e9n se hab\u00eda quedado dormido. Era evidente que las clases de apoyo lo hab\u00edan agotado y, aun en el caso de que no mejorara su rendimiento escolar, ya pod\u00eda considerar un acierto el haber contratado a la joven maestra. En rigor, no era maestra, no todav\u00eda, pero en una semana de trabajo hab\u00eda logrado lo imposible: que el mayor de sus hijos varones estuviera dormido a la hora se\u00f1alada.<\/p>\n\n\n\n<p>Camino a su dormitorio, se desvi\u00f3 y sali\u00f3 a la galer\u00eda. En el centro del patio hab\u00eda un aljibe en torno al cual, deliberadamente o no, la casa hab\u00eda sido construida. En jornadas como aquella, de calor y sin viento, el mayor contraste entre el d\u00eda y la noche no lo protagonizaban el sol y la luna; tampoco la luz y la oscuridad. Era el silencio, un silencio parejo y omnipresente, lo que se destacaba en contraposici\u00f3n con el bullicio de la tarde: de los ni\u00f1os gritando y correteando; de las familias de las carretas, que se acercaban a sociabilizar, usar el ba\u00f1o o aprovisionarse mientras aguardaban a que el trigo que hab\u00edan tra\u00eddo les fuera devuelto convertido en harina.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed como el ojo se acostumbra y percibe siluetas en la oscuridad m\u00e1s profunda, el o\u00eddo de Jos\u00e9, habituado a esa clase de silencios, era capaz de distinguir, transcurridos unos pocos segundos, la corriente del arroyo, la ca\u00edda de una rama en el monte de eucaliptos, el canto de una lechuza o el andar ligero de alguno de los tantos gatos que merodeaban la casa porque su hija Mar\u00eda Luisa los alimentaba en secreto. Esa noche no. No se o\u00eda absolutamente nada; solamente el silbido de su propia respiraci\u00f3n. Con la sensaci\u00f3n de nunca haber sido testigo de una calma tan completa, se dispuso a apagar el farol para apreciar las estrellas en todo su esplendor cuando un alboroto distante lo arranc\u00f3 del embelesamiento. Con el farol en la mano, avanz\u00f3 raudamente, por encima del pasto, sin respetar los senderos prolijamente delimitados. Atraves\u00f3 el monte de eucaliptos y lleg\u00f3 al gallinero. La puerta estaba abierta, apenas entornada, y las gallinas cacareaban y agitaban sus alas, alteradas por alg\u00fan motivo. Le sorprendi\u00f3 que Josefina, la mayor de sus hijas, tan aplicada siempre en sus labores, hubiera cometido semejante descuido y pens\u00f3 que quiz\u00e1 hab\u00eda llegado el momento de que su hermana Mar\u00eda Luisa comenzara a ayudarla en las tareas m\u00e1s sencillas. Despu\u00e9s de todo, ya ten\u00eda edad. \u201cLo peor que puede estar pasando \u2014se dijo\u2014 es que se haya metido un zorro o una comadreja\u201d. Cuando tir\u00f3 de la puerta para ingresar y averiguarlo, el contorno de una sombra y el sonido de una respiraci\u00f3n agitada le permitieron saber que el intruso pertenec\u00eda a otra especie. Se qued\u00f3 quieto por un instante. El otro tampoco se mov\u00eda. Un suave cosquilleo atraves\u00f3 su cuerpo de punta a punta. Sin perder el aplomo, cerr\u00f3 la puerta, la asegur\u00f3 con el candado y regres\u00f3 a la casa, caminando tranquilo, respetando esta vez las formas de los senderos. Antes de ingresar a su dormitorio, se quit\u00f3 los zapatos y apag\u00f3 la luz del farol para no despertar a Magdalena, su esposa, que dorm\u00eda pl\u00e1cidamente.<\/p>\n\n\n\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente despert\u00f3 como si nada hubiera sucedido. Se levant\u00f3, se dio un ba\u00f1o, se afeit\u00f3, se visti\u00f3 elegantemente, desayun\u00f3 en familia y se sent\u00f3 en la sala a observar c\u00f3mo sus hijos m\u00e1s peque\u00f1os se preparaban para ir a la escuela. Despu\u00e9s de llevarlos, hizo algunas diligencias, atendi\u00f3 un par de asuntos laborales, le dio tres o cuatro indicaciones al jardinero y le pidi\u00f3 a su esposa que le preparara el mate. Faltar\u00eda una hora para el almuerzo cuando, pava en mano, se sent\u00f3 en uno de los bancos que miraban al aljibe a esperar a que su hija Josefina pasara con su canasta rumbo al gallinero. Cuando la vio, unos minutos m\u00e1s tarde, la llam\u00f3 por su nombre. La muchacha se acerc\u00f3 con prisa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfAd\u00f3nde vas? \u2014le dijo. Conoc\u00eda la respuesta. La pregunta hab\u00eda sido pronunciada como una excusa para entablar una conversaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A recoger los huevos \u2014dijo ella y le mostr\u00f3 la canasta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dej\u00e1. Deb\u00e9s estar cansada. Hoy me ocupo yo \u2014le dijo y se puso de pie.<\/p>\n\n\n\n<p>No ten\u00eda sentido alarmarla revel\u00e1ndole el verdadero motivo por el que la liberaba de una de sus ocupaciones. La muchacha no estaba cansada, pero entreg\u00f3 la canasta sin cuestionar la decisi\u00f3n de su padre y se fue caminando, contenta pero algo desconcertada, por el mismo lugar por el que hab\u00eda llegado.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Jos\u00e9 abri\u00f3 la puerta del gallinero tuvo la impresi\u00f3n de que reci\u00e9n al o\u00edr el sonido de sus pasos el intruso hab\u00eda decidido levantarse del piso. Con la intenci\u00f3n de anunciar su llegada, hab\u00eda aclarado la garganta y hab\u00eda jugado con la llave, haciendo de cuenta que le costaba embocarla en la cerradura del candado. El otro estaba desalineado. Ten\u00eda el pelo aplastado en uno de los laterales de su cabeza, como si hubiera dormido sobre ese costado, y la ropa llena de tierra, de plumas y de pasto. Con la cabeza gacha, una boina marr\u00f3n sujeta por ambas manos y los dedos nerviosos intent\u00f3 pronunciar una disculpa que llevaba varias horas de ensayo, pero tras decir \u201cDon Jos\u00e9\u201d, su lengua se enredaba en sus propias palabras. Era un hombre del pueblo. Jos\u00e9 lo ten\u00eda visto. Alguna vez le hab\u00eda encargado alg\u00fan trabajo cuya naturaleza en ese momento no recordaba. Ten\u00edan pr\u00e1cticamente la misma estatura, aunque el otro era sumamente delgado y Jos\u00e9 ten\u00eda un cuerpo que pod\u00eda ser considerado rechoncho o morrudo, dependiendo del afecto que le tuvieran los ojos que lo observaran. El intruso lo ve\u00eda gigante. Condicionado por la ignominia de haber sido descubierto con las manos en la masa, se sent\u00eda disminuido en su presencia. Jos\u00e9 quiso ser franco y directo, y sin demorarse en pre\u00e1mbulos lo invit\u00f3 a salir y le ofreci\u00f3 dos opciones:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Usted decide \u2014le dijo\u2014, o lo denuncio por ladr\u00f3n de gallinas o zanjamos el asunto con una buena patada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfUna patada? \u2014pregunt\u00f3 el hombre sin comprender.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed. Una patada. En el culo \u2014le explic\u00f3 Jos\u00e9 hablando con naturalidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Al hombre la propuesta lo agarr\u00f3 desprevenido. Demoraba la respuesta no porque le costara inclinarse por una u otra opci\u00f3n, sino porque no daba cr\u00e9dito a lo que acababan de decirle. Una vez procesado el ofrecimiento, sus dudas se trasladaron a la posibilidad de estar siendo v\u00edctima de un enga\u00f1o: \u00bfa qui\u00e9n iba a presentarle el reclamo pertinente si le daban una patada en el culo nada m\u00e1s que para divertirse y luego, de todos modos, le hac\u00edan la denuncia? Pero, aunque pateara con la izquierda, \u201cDon Jos\u00e9\u201d procuraba ser un tipo derecho, y no iba a permitirse faltar a su palabra en caso de que llegaran a un acuerdo. Adem\u00e1s, no ten\u00eda demasiadas alternativas. En su casa le hab\u00edan dado el aviso: una m\u00e1s y se iba, y ya tendr\u00eda serias dificultades para justificar la ausencia de la \u00faltima noche y el regreso andrajoso, con las manos vac\u00edas, el olor a encierro y la ropa cubierta de plumas. Escogi\u00f3 la patada.<\/p>\n\n\n\n<p>Por alguna raz\u00f3n, volvi\u00f3 a ingresar al gallinero. No querr\u00eda ser visto mientras recib\u00eda el castigo, pero afuera no hab\u00eda nadie y adentro las gallinas miraban; con indolencia, pero miraban la escena. En alg\u00fan punto debe haberles llamado la atenci\u00f3n que el hombre que hab\u00eda pasado toda la noche entre ellas se hubiera mimetizado al punto de asumir, de repente, una pose similar a la de la empolladura. Parado detr\u00e1s de \u00e9l, Jos\u00e9 tom\u00f3 carrera: dos pasos que en el arrastre de la suela de sus zapatos dibujaron una l\u00ednea oblicua sobre el suelo terroso.<\/p>\n\n\n\n<p>La clave de una patada bien dada, si es que existe tal cosa, radica en la habilidad del ejecutor para combinar las dosis justas de precisi\u00f3n, flexibilidad y firmeza. El centro del empeine debe impactar en el huesito dulce, que, en condiciones ideales, servir\u00e1 de eje para que la punta del pie haga contacto con el escroto. Tomando estos par\u00e1metros como referencia, la patada de Jos\u00e9 fue perfecta. Tan perfecta que, un minuto m\u00e1s tarde, tuvo que asistir a su v\u00edctima, que se retorc\u00eda de dolor, para que pudiera levantarse del piso. El cacareo de las gallinas hac\u00eda imposible la comunicaci\u00f3n, pero de alg\u00fan modo, mientras lo ayudaba a sacudirse la ropa, se las arregl\u00f3 para hacerle saber que lo llevar\u00eda hasta su casa. En el camino no dijeron palabra. Jos\u00e9 estaba concentrado en la ruta y su acompa\u00f1ante circunstancial ten\u00eda la mirada perdida en alg\u00fan punto lejano al otro lado de la ventanilla. Cuando llegaron, antes de que bajara, le aconsej\u00f3 que dijera que \u00e9l lo hab\u00eda contratado para arreglar el jard\u00edn y que, como no hab\u00eda terminado antes de que anocheciera, lo hab\u00edan convencido de pasar la noche en la casa para cumplir con el encargo a la ma\u00f1ana siguiente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Atr\u00e1s hay una bolsa con harina \u2014le dijo\u2014. T\u00f3mela y diga que con eso le pagamos.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre acat\u00f3 en silencio, baj\u00f3 del autom\u00f3vil y tom\u00f3 la bolsa. No hab\u00eda recorrido la mitad del trayecto entre el veh\u00edculo y la puerta de su casa cuando se detuvo. El dolor hac\u00eda que le temblaran las piernas, pero no soltar\u00eda la bolsa ni volver\u00eda a moverse hasta que Jos\u00e9 se hubiera ido. Estaba paralizado. Supo por el ruido del motor que se hab\u00eda quedado solo, porque no tuvo el valor de girar la cabeza para verlo alejarse. Entonces s\u00ed, dej\u00f3 la bolsa en el piso y avanz\u00f3 con dificultad para pedirle a su hijo que lo ayudara a cargarla.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre sus \u00edntimos, atribuy\u00f3 el dolor a una hernia. Con el correr de los d\u00edas, las molestias cesaron, pero la verg\u00fcenza que sent\u00eda no menguaba y en su interior crec\u00eda, vaya uno a saber si promovido por la necesidad de desahogarse, el deseo imperioso de transmitir la historia de lo que hab\u00eda vivido. Decidi\u00f3, entonces, hacer buena la recomendaci\u00f3n de Jos\u00e9 y comenz\u00f3 a contar la an\u00e9cdota asumiendo el lugar que en la versi\u00f3n real hab\u00edan ocupado las gallinas. En la reconstrucci\u00f3n que hac\u00eda de los hechos \u00e9l hab\u00eda sido un testigo casual de c\u00f3mo, con una regia patada, Don Jos\u00e9 hab\u00eda ajusticiado a un pobre desgraciado al que a veces apellidaba Gonz\u00e1lez, otra veces Macedo. Cada vez que le daban la oportunidad de compartir el relato modificaba alguna circunstancia, maquillaba un detalle, a\u00f1ad\u00eda una nota de color. Es imposible saber si lo hac\u00eda deliberadamente, para tomar distancia del suceso, o si el paso del tiempo hac\u00eda inevitable que incurriera en esa clase de imprecisiones. Todo, desde el clima de aquella ma\u00f1ana hasta el color de los huevos que empollaban las gallinas, estaba sujeto a cambios; todo menos la conclusi\u00f3n. A modo de cierre el hombre sol\u00eda decir que de haber estado \u00e9l en la misma encrucijada, habr\u00eda elegido, sin dudarlo, la otra alternativa, porque, de acuerdo con sus palabras, no hab\u00eda sobre la faz de la tierra un culo capaz de resistir con decoro la terrible patada de Don Jos\u00e9 Marino.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div class=\"mh-excerpt\"><p>El escritor carhuense Nicol\u00e1s Marino public\u00f3 en su portal www.elsoplon.com.ar, el cuento de su autor\u00eda que da cuenta de una an\u00e9cdota graciosa que refleja las caracter\u00edsticas de la convivencia en las primeras d\u00e9cadas del siglo pasado. \u201cCerr\u00e1 los ojos, que vas a despertar a tus hermanas\u201d, le dijo Jos\u00e9 a la menor de sus hijas. La frase, que para el hombre se hab\u00eda convertido en una muletilla, tan recurrente como los desvelos de la peque\u00f1a, era tomada por Susanita como una advertencia seria. 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